Cirugía del alma: el poder sanador y destructivo de las palabras
Lo mismo suele pasar en el quirófano cotidiano de nuestras relaciones humanas, solemos lanzar palabras con una ligereza alarmante, ignorando que el lenguaje actúa con la misma fuerza y trascendencia que lo hace un bisturí, aunque te parezca ilógico. ¡Así es! Me encantan las analogías, y cito una: lo visible de la creación da testimonio de lo invisible de Dios (Hebreos 11:3). Creo con toda certeza que, si nos detuviéramos antes de proferir palabras y pensáramos, los resultados obtenidos serán dulces y agradables.
Puedes corroborar consultando en el libro de Proverbios, en su capítulo 18, verso 21, lo sintetiza con una contundencia milenaria: «La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos». Esta máxima no es una simple metaforización poética; es una ley espiritual, psicológica y relacional. Tus palabras mis palabras no son vehículos inofensivos de información; son agentes de creación o de destrucción. ¡Advertencia! El subconsciente no discrimina si es juego o es broma o si es de verdad o de mentira los buenos o malos deseos que lanzas o lanzo con mi boca o con tu boca hacia el otro. O me dije en la Biblia: el prójimo, que significa, próximo.
Así es como opera el poder de la palabra, según el corte que infecta, equivale a la anatomía de la herida verbal. A menudo presencio cómo una sola frase, dicha en un momento de ira, juicio o ligereza, destruye la autoestima construida durante años y no solo a otras personas sino a sí misma a sí mismos. Qué decir de las etiquetas impuestas en la infancia, las críticas destructivas en el entorno laboral o los descalificativos en la vida de pareja funcionan como incisiones hechas sin anestesia. Sin saberlo, estoy infectando una herida a tal grado que hay quienes se descalifican a si mismos por ya alguien los condenó.
Es lo más delicado de estas heridas que no sangran hacia afuera. Se infectan en el silencio del alma, condicionando las decisiones, sembrando inseguridades y paralizando el potencial de las personas. Acostumbramos a medir el impacto de nuestras acciones físicas, pero rara vez asumimos la responsabilidad del rastro de pólvora o de sanación que deja nuestra conversación cotidiana.
Ante esa realidad, salta la necesidad de la intervención que restaura: la palabra como sutura. En contraposición, existe una «medicina consciente» del lenguaje. Una palabra de afirmación oportuna, un reconocimiento sincero, un «confío en ti» o un «te perdono» poseen una capacidad regenerativa extraordinaria. Sanar el alma de alguien no requiere discursos elocuentes; exige la valentía de hablar con verdad, empatía y propósito. Cuando decido usar la palabra como un instrumento de vida, me convierto en cirujano de la esperanza. Las palabras con propósito suturan las grietas de la duda, devuelven la dignidad al caído y le recuerdan al individuo la visión original de su vida.
De esta verdad, se extrae la ley del fruto: el retorno de lo sembrado. El pasaje bíblico concluye con un aviso ineludible: «el que la ama comerá de sus frutos». Todo lo que declaramos hacia fuera genera un ecosistema hacia dentro. Quien cultiva el chisme, la queja y el desprecio, termina habitando una atmósfera de desconfianza y amargura. Por el contrario, quien decide sembrar respeto, edificación y aliento, cosecha relaciones sólidas, paz mental y autoridad moral.
En un tiempo donde el ruido social es ensordecedor y las palabras se malgastan a gran velocidad, se vuelve urgente hacer una pausa antes de abrir la boca. Antes de emitir un juicio o lanzar una crítica, convendría preguntarnos: ¿Lo que voy a decir sanará o infectará? ¿Construirá un puente o cavará una trinchera? Hacernos cargo de nuestra vida comienza por hacernos cargo de nuestra voz. Elijamos, pues, ejercer con responsabilidad la cirugía del alma, recordando que en cada frase que pronunciamos tenemos el poder sagrado de impartir vida.
Por: Arelis J. Estévez CornielCEO de Arelis Visión | Transformacional Mentora, Coach y EscritoraEn la medicina moderna, una intervención quirúrgica exige rigor, esterilización y una precisión milimétrica y no es porque conozca nada del área, sino porque es un proceso que requiere de muchos cuidados. El profesional de la salud sabe que un milímetro en la dirección equivocada puede comprometer una vida, mientras que un corte certero tiene el potencial de extirpar el mal y devolver la salud. Y este ejemplo, lo uso porque tuve la oportunidad de compartir con un padre y una madre, la tristeza e impotencia que sentían al perder a su hija como consecuencia de un error médico en una cirugía que comprometió sus intestinos.
