¿Estás gobernando tu vida o te gobiernan tus palabras?
Gobernanza personal: La depuración de las palabras
Por Arelis J. Estevez Corniel
Prosigo ampliando este tema, pues queda corto un solo artículo para esbozar todo el peso que sostiene, es nuestra vida misma. Tampoco me quiero extender en una sola redacción para que puedas ir internalizando paso a paso y puedas hacer algún cambio si así lo consideras, querido lector/a. Ya dice un dicho: la repetición es la madre de la fijación de la memoria. Si no lo entiendes así, me surge una pregunta, porqué se esparce una cantidad de palabras fatalistas que invitan a resignarte porque así es el mundo o los diferentes mundos que nos han vendido y compramos de manera gratuitamente sin darnos cuenta. Apoyada en esa premisa, se afianza la falsa creencia de que las palabras son livianas y que el viento se las lleva sin dejar rastro. Hablé de eso en artículo anterior.
Sin embargo, la experiencia humana y el liderazgo real nos demuestran lo contrario: la palabra edifica o destruye, abre caminos o levanta muros, da vida o decreta muerte en nuestros proyectos, relaciones y aspiraciones. Consultas de nuevo al libro de Proverbios capitulo dieciocho, versículo veintiuno. Mi recomendación es que medite sobre esa declaración y lo que queda implícito sobre el gobernar nuestra vida con la palabra. Gobernar la propia vida exige, antes que cualquier otra disciplina, asumir la soberanía sobre lo que expresamos. ¿Cómo pretender dirigir un destino, liderar una familia o gestionar un proyecto cuando el vocabulario cotidiano está impregnado de fatalismo, resignación o queja destructiva? Nadie puede gobernar su entorno si primero no ejerce autoridad sobre su propia boca.
Y solo para ilustrar de manera más profundo, en mi caso, me encontré con esta situación en el sistema educativo dominicano. Después de haber trabajado en colegios donde estudian los hijos cuyas familias tienen mejores condiciones socioeconómicas para cubrir los costes de su educación académica, decido cambiar a educación pública. El cambio fue abismal para mí. Quise devolverme, unos amigos cuya valía reconocían en mí, me llevó a pensar y reflexionar sobre los aportes que podía dar a sistema público y me quedé por veinte años. Me encontré con muchas expresiones que matan el deseo de educar, de ahí nace mi libro: A Prueba de Balas, te invito a leerlo.
Está tan vejado el lenguaje que se hace necesario hacer una pausa y mirar todos los frentes desde vienen la cantidad de expresiones fatalistas, que destruyen la vida para estar conscientes y depurar para seleccionar las que son de vidas y así poder tomar el control de nuestra existencia. Es indispensable someter nuestro lenguaje a un riguroso proceso de depuración. Imagínate expresiones como: yo no estoy para educar a esos muchachos malcriados, eso es de la familia. Es una de las balas que cito en mi libro. Siendo así, me preguntaba, ¿y qué hago en educación si no es educar? Responderme esa pregunta y actuar en consonancia con el peso de su contenido, me trajo muchos contratiempos, aun así, hice honor a mi función: educar para bien.
Aplicado a tu vida a mi vida, te sugiero dar el segundo paso para luego transcender. Así que depurar no significa ignorar la dificultad o disfrazar la realidad con un optimismo superficial como también me he encontrado con filosofías o corrientes de pensamientos que hacen honor a la superficialidad. Depurar es un acto de filtrado consciente y estratégico. Implica identificar y erradicar aquellas «palabras de muerte» —esos decretos diarios de imposibilidad, incapacidad o ruina— que paralizan la acción y envenenan el clima emocional de quienes nos rodean. Términos como «no puedo», «es imposible» o «hasta aquí llegué» actúan como sentencias que anulan tu visión antes de que el plan puedas ejecutar.
Además, de las expresiones de muerte que cito en el párrafo anterior, te dejo con estas expresiones. Te exhorto a que hagas el ejercicio de modo consciente y si encuentras alguna expresión que te has dicho o te dices o se las dice a alguien y luego dices, fue jugando, haz conciencia y cámbiala por palabras o expresiones de vida:
No soy suficiente.
Mi historia me marcó para siempre.
Es demasiado tarde para mí.
Estoy sola.
No tengo nada especial.
Si fallé, no sirvo.
Todo me sale mal.
Nadie me entiende.
No merezco amor.
No puedo cambiar.
El cambio verdadero ocurre cuando sustituimos conscientemente ese léxico de desahucio por palabras de vida: términos cargados de posibilidad, aprendizaje, firmeza y construcción. Cambiar la queja por la propuesta y la sentencia por el interrogante estratégico («¿cómo sí podemos lograrlo?») transforma de inmediato la mentalidad y restaura el orden. La gobernanza personal empieza en la intimidad de nuestro discurso. Quien aprende a depurar sus palabras demuestra la madurez necesaria para gobernar sus decisiones, su tiempo y su propósito. En última instancia, la vida que construimos no es más que el reflejo directo de las palabras que elegimos sembrar cada día.
