Liderar con visión: los resultados necesitan un rumbo

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Definir prioridades, comunicar una dirección clara y sostenerla con hábitos: el desafío de convertir el propósito en decisiones cotidianas.

Medir resultados no basta para saber hacia dónde va una organización. Voy a aterrizar esa premisa con un ejemplo: en el sistema público de enseñanza dominicano se ve esa práctica de manera continua y repetitiva y se ha afianzado más en estas casi tres décadas del siglo veintiuno. Existe un deseo desmedido de evaluar para saber resultados, pero no se han detenido a observar lo que de verdad acontece en el día a día en un aula de clases, qué pasa con quien está llamado a enseñar, qué tan consciente está de su rol, si sabes con certeza la gran tarea que tiene en su cabeza: educar.

En mi libro A Prueba de Balas: una propuesta para conquistar y ganar en el aula, describo la belleza de ese gesto de amor y a la vez las vejaciones a la que someten a un educador que de verdad quiere desempeñar su verdadero rol: acoso laboral, persecución política, invalidación de tus funciones, discriminación por credo religioso y bandera política. Me surge una pregunta, ¿serán suficientes razones para claudicar en esa hermosa tarea? Yo digo que no. Juzga tú los hechos, aunque solo uno tiene esa autoridad, dominio y poder: Dios.

Así que ante la premura de lo que viene y la sobrecarga de información pueden desplazar esas prioridades. Frente a esa tensión, el liderazgo con visión plantea una exigencia: definir qué se quiere alcanzar y por qué. No se trata de formular un eslogan. Se trata de traducir el propósito en decisiones, comunicar una dirección comprensible y actuar con coherencia para que otros puedan desarrollar su potencial. Eso no le conviene a algunos.
Aunque en educación se habla de reformas, de transformación del sistema, hay unos puntos que no están arraigados en quienes diseñan políticas y ejecutan las acciones propias de educar, son estas: No está viendo con claridad antes de actuar como lo demanda el verdadero liderazgo, así que antes de diseñar una estrategia, conviene revisar el punto de partida, examinar las decisiones, las prioridades y la forma de trabajar y esto permite reconocer qué merece continuidad y qué necesita cambiar y de este modo de evita que por cada cambio de partido político, se hagan cambios en la infraestructura de un sistema que aun no se consolidan las bases como proyecto de nación y no para complacer a algunos ante el oportunismo. Eso no es liderazgo.

Si lo aterrizamos a la acción concreta del acontecer en la escuela y el gestor de centro como líder, vale formularse estas preguntas que orientan esa revisión personal e institucional: ¿Hacia dónde se dirige mi energía y la de mi equipo? ¿Qué compromisos o estructuras mantenemos por inercia y no por convicción estratégica? ¿Lo que decimos se corresponde con lo que hacemos cada día? Las respuestas ayudan a detectar la distancia entre el discurso y la práctica. El desorden no tiene por qué ser un callejón sin salida; puede indicar que es momento de revisar las prioridades.

Es momento de pasar del propósito a la acción. Una visión debe poder explicarse. Ponerla por escrito, con claridad y en un lenguaje accesible, ayuda a convertir un deseo impreciso en una referencia para decidir y actuar, incluso ante las dificultades. Ese paso exige atender tres dimensiones complementarias:
La claridad interior parte del autoconocimiento y de los valores irrenunciables. Es la base para tomar decisiones firmes y mantener la coherencia ética.
La definición del rumbo convierte la visión escrita en prioridades estratégicas. Ofrece al equipo un enfoque compartido y ayuda a reducir las distracciones.
Y, por último, la estructura que sostiene la visión reúne hábitos, cultura de trabajo y sistemas. Su objetivo es favorecer la tranquilidad, la constancia y un progreso medible.
Cuando las prioridades no están claras, las demandas del entorno terminan marcando la agenda. Falta claridad de visión de quienes tienen el sartén por el mango y eso llega a las bases: a las aulas de clases. El maestro que deja manipular vive en una constante angustia por no saber lo que viene cada día y por eso se pierde el rumbo. Decir «no» a lo superfluo permite reservar tiempo y energía para lo importante.

El entusiasmo de una conferencia o un evento aislado no basta para consolidar una visión. El reto viene después: mantener esa dirección en las decisiones cotidianas y en la cultura de trabajo, es lo que mantiene el rumbo y para sostenerla, hacen falta tres prácticas:
Comunicación asertiva y consciente. Cuidar el lenguaje verbal y escrito para transmitir una dirección clara, posibilidades de acción y propósito.
Simplificación de procesos. Eliminar la burocracia innecesaria que consume energía y dispersa el enfoque.
Continuidad en la forma de trabajar. Mantener rutinas sostenibles que den prioridad a la constancia frente a los esfuerzos aislados.

Liderar también es servir y la educación de las futuras generaciones esta en manos de los llamados a educar, dicho acto no es exclusivo del familiar como se hace creer para evadir responsabilidades ante el deterioro de una sociedad sin referentes verdaderos, es decir, sin lideres conscientes de su rol y comprometidos con la transformación del ser para una sociedad mejor.

Un escudo muy común usado en el sector educativo que mata el verdadero liderazgo, son los indicadores económicos, aunque forman parte de la gestión, pero no han de agotar el sentido del liderazgo. Se escucha por doquier que hay salarios bajos, los estudiantes no quieren estudiar, las familias no son responsables: el culpar a otros, olvidando así que liderar es orientar y servir y eso implica asumir responsabilidades y evitar que el propósito común quede subordinado a que no hay tal o cual apoyo, es lo mismo que hablar del ego.

Al parecer no se ve con claridad, educar amerita vincular la claridad interior con la estrategia diaria y de ese modo buscar reducir el desgaste, dar sentido al trabajo y favorecer una influencia positiva más allá de la organización, eso es educar con sentido y dirección. Liderar no es perseguir la perfección ni acumular resultados sin preguntarse para qué. Una visión clara debe orientar, no añadir una carga. Su valor se mide en la capacidad de sostener un rumbo coherente para la escuela y las comunidades.

Talleres y contacto
Asumir las decisiones sobre la propia vida y los proyectos es el punto de partida. Mis próximos talleres, conferencias y programas de mentoría abordarán metodologías prácticas para conectar mentalidad, visión y acción.
Para más información, escríbeme a contacto@arelisvision.com.

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